"Mira, ¿sabes lo que mas odio en esta vida? La falseda'. Eso de ir con la cara sonriente de frente y, en cuanto te das la vuelta, que estén ahí run-rún, run-rún... soltándote to la bilis y poniendote a caldo. Porque yo soy una persona que voy de cara ¿sabes? Y si tengo algo que decir, pues lo digo y punto, le joda a quien le joda. Vamos... ¡pues buena soy yo...! Ahí y sin medias tintas. Y si tengo que decirte a ti ahora mismo que eres un mierda, pues voy y te lo digo y me quedo tan ancha ¿sabes? Porque lo que hay que hacer es decir las cosas y no andar con hipocresías y falsedades. Porque la falsedad hace mucho daño, que a mi me han jodido mucho en esta vida. Y yo antes no era así... que me callaba mucho, pero a base de hostias yo cambié y dije ¡Una y no más! y ahora lo que digo.. lo digo y no hay más que hablar."
Y gesticulaba y alzaba una voz con curioso deje aguardentoso y estentoreo, acompañaba también cada frase con palmetazos en las rodillas y floreos casi flamencos de bofetada simulada al aire.
Seguía hilvanando argumentos sin dejar de parlotear, anecdota tras anécdota y razón tras razón. Rehuía mi mirada serena y me hacía gestos de complicidad. Yo me fijaba en la curvatura de su boca, hacia abajo como la máscara triste del teatro, como si ese rictus - que me recordaba a alguna foto de Mussolini - remarcara de forma más tajante su diatriba.
A mi, que suelo evitar las generalizaciones, me jode que me las pongan a huevo y encotrar reflejos a su actitud en tantos estereotipos. En patios de luces de barrios obreros, entre las madonnas napolitanas, en un mercado en La Habana o las tipicas madres judías de Queens.
Y ella se lo creía; estaba compeltamente convencida de su verdad y no se daba cuenta de que se mentía.
Lo que duele, lo que hace daño, es la verdad.
Se puede vivir muy feliz rodeado de mentirosos (siempre y cuando no usen la mentira contra tu integridad) de la misma manera que hay quien vive en su particular mentira metafísica aferrada a un Diós hecho a su medida.
Pero líbreme la vida de un sincero, sus palabras sangran antes incluso de llegar a la herida.
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