Fue ya al final de la explicación, cuando iban a ensayar otra vez las oraciones. Los niños del grupo se movían inquietos en el banco de madera y alguno de los extremos empezaba a juguetear con el reclinatorio.
El joven seminarista, sin abandonar su sonrisa trataba de remedar aquella colorida visión de las penas infernales que un par de días antes había escuchado en la voz de su confesor en los ejercicios espirituales aunque, a juzgar por las caras de aburrimiento de los chavales, sin mucho éxito. Sobre todo porque no le parecía adecuado, para oidos de menos de nueve años, algunas de las jugosas descripciones que recordaba (¡Y con que santo y culpable gozo...): Aquellas llagas supurantes; aquella sensación de intenso dolor por el fuego, eternamente purificador; aquel hacinamiento de los cuerpos desencajados y retorcidos de los condenados, sin apenas espacio para mover sus maltratadas carnes; aquel sollozo continuo y aterrador; aquellas eternas burlas de los siervos del Maligno mientras flagelaban a los impíos...
Nadie lo pintaba como Don Saturio, nadie daba a sus palabras y a sus descripciones ese delicioso horror al pecado y esa sensación de inexorabilidad de la consecuencia del desacato divino. Y él, por mucho que se esforzara, no podía. No quería que los pobres comulgandos tuvieran las pesadillas que él llevaba dos días padeciendo, y además estaban los padres que por poco menos se ponían...
"Pero.." - pensó- "quizá lo de los diablos y sus torturas, (convenientemente rebajado, eso sí) podía conseguir darles algo de ese santo miedo al mal, de esa piadosa aflicción que tan bien les va a servir en su futura vida como pecadores" y decidió rematar su clase con varias pinceladas groseras sobre criaturas satánicas horribles que reían mientras azotaban a los condenados, que se burlaban y se aprovechaban de pecadores y pecadoras por los siglos de los siglos.
Ya se sabe como son estos críos... lo mismo están jugando con el catecismo como se les ve absortos con un relato cualquiera.
Una voz, inocente y curiosa se alzó entre el murmullo de los compañeros
- "¿Y entonces...?, ¿los demonios se lo pasan bien haciendo que los que son malos sufran eso que dices?"
- "¡Claro!.. Para ellos el dolor de los hombre y su condenación es lo que más les divierte"- siguió el catequista animado por la pregunta - "Hacen lo que sea para que los hombre pequemos y así puedan torturarnos y hacernos sangrar por toda la enternidad"
Esto último, ahuecando la voz y agitando los brazos como si ya se viera en el púlpito.
Y así, con toda la inocencia de la niñez, con el ceño fruncidito por la duda y y unos enormes ojos oscuros enmarcados en una cara redonda embutida en el traje de los domingos.. la pregunta cayó como una maza sobre la ínquebrantable fe del profesor.
- "Entonces.. los demonios ¿son... felices?"
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