El gallo rajó la madrugada alborotando el corral. La mísera luz se abría paso allá tras el otero Maillo y desperezaba progresivamente la naturaleza de las granjas de los aledaños. Las que más bulla hacían: las golondrinas. El chillido picaba en los oídos de los durmientes del pueblo, aunque Joaquín el panadero llevaba ya un rato amasando.
Macario abrió el ojo al tercer canto, lo paseó por la mesita y lo fijó en el reloj que fosforescía serio. Las seis y diez.
“¡Cagüen...!”.
Cinco horas de sueño no le habían cundido nada y seguía baldado pero había que levantarse, que hoy venía el proveedor de Villaza y había que pasar antes por la huerta. Rebulló un poco entre las sábanas y echó la mano atrás hasta palmearle el culete para que dejara de roncar. Fermín soltó un quejido de entresueño y se empezó a desperezar.
- “¡Venga..!, ¡P’arriba, ostia...!” – Macario ya se estaba incorporando y Fermín se dio la vuelta para abrazarle en plan juguetón. - “Vente pa’acá un ratín, anda...”
- “No empieces, que estoy hecho polvo.” – Fermín ya se le había enganchado al cuello y se dejó hacer, divertido. Su morro raspó como el belcro entre las dos caras sin afeitar.
– “Que estoy baldao, joer..” – Fermín le metió la mano en el calzoncillo. – “Deja que te haga yo...”
Tras la faena y el arrumaco, ambos se fueron levantando, cada uno por un lado de la cama. La rutina de todos los días:
“Dónde está mi calcetin”, “Voy yo primero, que me meo”, “¿Vas pa la era?”, “ Luego, ahora voy arriba”, “Dale un besín a Merce y al niño de mi parte y si ves a Valentina, dile que me traiga mudas, que ya no me quedan”, “Vaale, ya se lo digo”, “Joder que bestia eres, macho.. me diste ayer una hostia aquí en la cadera...”, “ Fue sin querer, no seas nenaza”.
Mientras Macario se pegaba una ducha, Fermín, abrochándose el pantalón, subió al piso de arriba a despertar a las mujeres. Se las encontró haciendo la cama entre las dos. Merche se dio la vuelta y besó en la mejilla a Fermín.
– “¿qué hay cielo?, Uff.. que peste” – se separó violentamente, - “habeis estado dándole ¿eh?. Apestas a cama. Anda.. date una ducha ahora mismo que ya te hago yo el café”.
Fermín se rió: – “Cagüento... como si vosotras fuerais aquí las santas del pueblo, no te jode..”
– “a ti te vamos a decir lo que hacemos o no, gañán” - remedó Valentina dándole un azotito cariñoso según pasaba a su lado.
-“Ah, por cierto, Valen...” – le dio el recado de Macario.
– “¿Mas mudas?, Pero ¿qué hacéis con ellas?, ¿os las coméis?” -
Fermín carcajeó aprovechando la oportunidad
- “¡A ti te lo voy a decir.. gañana!”.
Merce le acompaño la carcajada pero Valentina siguió como si no hubiera dicho nada, a lo suyo.
-“Le compro luego un par donde Manuela, según baje ¿me acompañas Merce?”
-“Venga, vale, que tengo que ir a por un par de latas y pescao. Ayúdame ahora con el café”
-“Calla, que Macario tiene que estar ya bufando por el cola–cao” –
Las chicas se besaron golosamente y se alejaron mirándose a los ojos. Merche terminó de recoger la ropa y le puso un traje limpio a Fermín encima de la cama, para cuando saliera.
Mientras tanto, el día seguía estirándose y despabilando bostezos en la vieja meseta castellana. El rugido de los tractores y de los motores de las acequias le iban dando el pulso acelerado a la mañana y el sacristán ya saltaba abrazando la soga de la campana de la primera misa. Las comadres trotaban apuradas esquivando las reses de Damián y el calor del sol avivaba los olores del heno y las boñicas que se mezclaban con el del humo, el café con leche y los primeros sofritos de las cocinas.
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