Marcelo encontró una cartera en el suelo. Paseaba por la
estación y sin querer, junto a la máquina de sándwiches, pateó la cartera de
cuero. La recogió y la abrió comprobando que, en su interior había
A
15 € y alguna documentación personal del propietario. Guiado
por la fotografía del DNI no tardó en reconocer a la persona unos pasos más
allá, saliendo de los baños. Marcelo le llamó la atención y le devolvió la
cartera. El hombre, Carlos, le agradeció el gesto, azorado por el despiste.
B
2.000 € en billetes, varias monedas y alguna documentación
personal del propietario. Guiado por la fotografía del DNI no tardó en
reconocer a la persona unos pasos más allá, saliendo de los baños.
B1
Marcelo le llamó la atención y le devolvió la cartera. El
hombre, Carlos, inmensamente agradecido y avergonzado, insistió en que se
quedara con la calderilla, unos 3, 70 € como recompensa por el detalle,
lamentado no tener más suelto. Marcelo compró un sándwich en la máquina y un
refresco. Le sobró alguna moneda. Ese día, comió.
B2
Marcelo disimuló y se dirigió a una zona más discreta de la
estación, lejos de la vista del hombre, Carlos, y se metió los billetes en el
bolsillo. Después, de forma sutil volvió a la zona de la máquina de sándwiches
y dejó caer la cartera en algún lugar próximo a la entrada de los baños donde,
previsiblemente, podría ser hallada por quien la buscara.
Salió de la estación simulando tranquilidad y se perdió por
las callejas aledañas. Con el dinero, comió, cenó, pagó una deuda de juego que
le inquietaba, compró ropa interior y calcetines, un billete de lotería* un
paraguas y le dejó a su familia 600 euros para la factura de luz, farmacia y
otros gastos. Lo que le sobró lo metió en un sobrecito de papel coloreado con
dibujos de niños africanos y asiáticos, un lema y el logotipo del DOMUND y lo
echo en el buzón de la parroquia cercana a su casa.
*- El boleto salió premiado con 15.000 €, un premio menor,
que le permitió invertir en su futuro:
v
1 - Un pequeño bar en el centro que le permitió
vivir, trabajando duramente al menos 25 años hasta que se jubiló.
v
2 – Acciones de una empresa emergente de
servicios que prosperó y le convirtió en un hombre adinerado. Siguió
invirtiendo sus beneficios en bolsa y, tras una vida desahogada, terminó
creando una fundación benéfica de ayuda contra el cáncer de colon. También
invirtió en fondos buitre, y en tráfico armas, y en negocios de
prostitución. Años más tarde extraviaría
una cartera con 2.000 € en una estación. Alguien, ¿Carlos?, se la devolvería
intacta y Marcelo le invitaría a un café.
*- El boleto no salió premiado, pero usó su reverso para
apuntar un número de teléfono de un chico, Pablo, que conoció esa noche. Días
más tarde le llamó desde una cabina con calderilla que le quedaba. Quedaron, se
enamoraron, fue el hombre de su vida. Años más tarde, ya casados, durante una
mudanza perderían una pequeña cajita de recuerdos de Marcelo donde estaba el
billete, ajado por el tiempo con el número de teléfono escrito.
C
200 € en billetes, varias monedas y alguna documentación
personal del propietario. Marcelo sintió un pinchazo en el estomago y rededor
con culpabilidad, salió de la estación, nerviosos y volviendo la vista,
observando las caras de las personas que se cruzaba sintiendo que cada mirada
era capaz de leer la vergüenza del ladrón en sus ojos. Con paso apresurado y
tratando, sin éxito, de aparentar naturalidad, huyó de forma desgarbada por
callejuelas aledañas. Sentí a como un trozo de hielo, como un peso de plomo, como
un cuchillo al fuego, la cartera en el bolsillo de su cazadora. Tras las
tercera o cuarta bocacalle y protegido por una entrada a garajes, Marcelo sacó
la cartera, guardó el dinero y rebuscó en el resto de contenido, por si había
algo útil. Un total de 214,63 € y un bono bus[1]. Lo que no le importaba,
tarjetas de crédito que no se atrevía a usar, carnés y documentación, así como
la propia cartera[2],
lo tiró a una papelera.
Corrió sin rumbo y callejeando guiado por el remordimiento.
A cada paso, en cada persona que se cruzaba, veía la expresión acusadora de la
fotografía del DNI del que se acababa de deshacer. Miraba a un lado y a otro
buscando un sitio digno donde gastar el dinero de hielo, de plomo y de fuego
que tenía en el bolsillo. Nada cuadraba con la culpa, con la terrible sensación
de pecado contra la sociedad y contra su alma, con la sensación física de
desasosiego. En su retorcida lógica, ese dinero no podría utilizarse para algo
banal, no merecería la pena el mal rato; tampoco para algo tóxico o inmoral,
sería acumular pecado sobre pecado. Sin darse cuenta sus pasos le llevaron
hacia su barrio y cuando levantó la vista vio la extraña portada de la
parroquia de San Ignacio, la suya de toda la vida. Aún con el nudo en el pecho,
se acercó a la entrada, al pequeño atrio y se fijó en el cartel de la campaña
para el DOMUND, con dibujos de niños asiáticos y africanos, un lema vistoso y
un logotipo; los mismos que estaban impresos en los sobrecitos del montón de al
lado. Apenas había gente en la iglesia. Marcelo cogió uno de los sobres y en un
rincón puso todo el dinero robado al que añadió, sin darse cuenta, 70 céntimos
suyos. Un total de 215,33 € en el sobre de papel, humedecido y ajado por el
sudor de sus manos. La culpa lo siguió aguijoneando cuando se acercó al buzón y
dejó resbalar el sobre cargado en su interior. Se dio la vuelta y corrió hasta
el primer callejón, curiosamente cercano a su casa, donde se dejó caer apoyado
en la pared hasta quedar sentado. Marcelo lloró.
El padre Jose Luis se santiguó en el reclinatorio de la
sacristía. Acababa de rezar fervorosamente porque le faltaban 200 euros y pico
para pagar el arreglo del remozado del techo, encima del altar viejo y que
vendrían a cobrar Satur al día siguiente. No sabía a quien pedir y ya era la
tercera vez que lo prorrogaba. Amigo ferviente del “Dios proveerá” trataba de
pergeñar la excusa con la que trataría de ganar un par de días a ver si la
colecta del fin de semana alcanzaba. Difícil.
Tras la oración inició su rutina de la tarde en el templo, alineando
bancos, recogiendo folletos pisados con la letra de las canciones del culto y
flyers del DOMUND y haciendo una revisión de cepillos y huchas antes de pasar
su rato en el confesionario. La señora Eugenia estaba al caer.
Tres sobres había en la hucha del DOMUND, y uno parecía
‘cargado’. Encima del altar en penumbra, apenas iluminado por las velas y la
iluminación del sagrario, vació los sobres y en un movimiento espontáneo de
agradecimiento infinito, dirigió su mirada a la estatua del crucificado, aun
con la idea de que, teóricamente, el dinero era para Marisa, que vendría del
obispado la semana que viene. “Dios ha provisto”. ¿quién sabe lo que ha dejado
la gente? Completó el montante en la sacristía y guardó un resto de 23 € (junto
a las miserias de los otros dos sobres) en la cajita de metal del cajón de
arriba.
- - Padre, ¿está usted ahí?
La La señora Eugenia asoma la nariz por la rendija de la sacristía. El Padre Jose Luis, con un suspiro, se coloca la estola, coge el misal y se dirige al confesionario.
-
Ya voy, señora Eugenia, Vino temprano hoy ¿no?
Al día siguiente pagó la reforma completa al albañil. Dinero
negro. Un recibo y aquí paz y después gloria.
Satur, el albañil, de la parroquia de toda la vida, se lo
gastó en copas y una puta esa misma noche.
[1] Antiguo, caducado y con la dirección de
Marisa apuntada que nunca pudo recibir la carta de Carlos. Cuando se volvieron
a ver, su momento había pasado.
[2]
De cuero, cara. La hija de Carlos se la había regalado por su 48 cumpleaños
cuando terminó de hacerse añicos la anterior, de tela y con el logo de
Spiderman.