domingo, 19 de noviembre de 2023

Reaparecido

 

Va apagándose el brillo del sol en el horizonte una vez más y empieza otra jornada. Mi rutina se pone en marcha en el borde del acantilado, junto a la carretera y la lengua de grava y arena. La barrera metálica, los matorrales y las copas de los árboles que crecen en el terraplén. De cerca, el verde empieza a bullir con insectos y roedores nocturnos. A lo lejos, la inmensa oscuridad de la noche rota por los diminutos puntos de luz de los pueblos y caseríos del valle. La sombra es mi hogar y en la sombra me muevo, a pesar de lo absurdo que puede resultar hablar de 'sombra' en un paraje donde apenas existen fuentes de iluminación. Hoy tengo un fulgor un poco más acentuado que otros días. Recorro la curva y me obligo, cada vez me cuesta menos, a mirar abajo, al fondo del terraplén. Después vuelvo ritualmente la mirada a la cumbre, a la cima del risco de cada día.

El risco, día a día, pierde su significado, su condena y su sino. Cada vez lo percibo más como una esperanza. El tiempo, aún con los años de maleza, de matojos que crecen y se secan, estación tras estación, de los incendios, las heladas, los desprendimientos y los elementos; lluvias, aire, nieve, hielo, no ha conseguido quitarle al peñasco ni un ápice de su sobrecogedora imponencia. Los bordes se aprecian desde abajo, afilados y cortantes, porque están afilados y porque cortan y desgarran lo que caiga sobre ellos. Y lo que caiga desde ellos, no se vuelve a levantar. Menos yo.

Al principio era el recuerdo de ella, su memoria y el apasionado arrebato con el que un joven se ciega y hace locuras. Ese era, al parecer, el motor, la causa de mis rutinas. Lo creía porque así lo sentía. Cada jornada me sentía desesperado, rabioso y loco buscándola en cada recodo de mi recorrido. Buscando con vehemencia en el fondo del precipicio y creyendo ver un retal de su vestido en cada jirón de tela o destello engañoso que me brindaba la noche. Pero ella se fue perdiendo. Su memoria, también. La pasión, a pesar de lo que cuenten, escriban o glosen poetastros y filósofos de medio pelo, no es eterna, ni mucho menos. Pero yo, por lo visto, sí que lo soy. Noche tras noche recorría el mismo sendero, el mismo paraje donde me destrocé, la misma condena, la misma penitencia.

Lo siguiente que me vino a la razón, para encontrar una explicación fue que era el odio, el rencor, el desprecio al hecho de dejar la vida de forma tan estúpida, lo que estaba provocando mi condición sempiterna, pero tampoco me pareció una motivación suficiente. El odio tiende también a desleírse con el tiempo y nunca fui consciente de que energías negativas me despertaran cada noche y dirigieran mis pasos. Hacia el borde del terraplén, hacia la carretera vuelta hacia la pequeña covacha detrás del recodo. El eterno retorno y vivencia del peor momento de mi vida. ¿Pudo ser la expiación? ¿El remedar un crimen tan abyecto que merezca la pena sin fin? No, lo veo. No recuerdo haber llevado a cabo un acto tan grave que mereciera esta tortura. Tiempo tras tiempo, lo que queda de mi conciencia divagaba en fundamentos y teorías cada vez más descabelladas sin encontrar una explicación. Hasta que los años y las generaciones me han traído lentamente una revelación. ; lo que me trae aquí cada noche es el miedo, el terror, la memoria de los vivos.

Me di cuenta cuando noté, hace tiempo que empezaba a desaparecer, gradualmente. Mi cuerpo se volvía progresivamente más ligero hasta el punto de llegar a albergar la esperanza de desaparecer. Llegué a ser muy leve, como un susurro de tela en la oscuridad que se deslizaba hasta el borde del terraplén. Apenas movía el aire. Veía mi final al alcance. Deseaba que llegara esa noche en que, por fin, me iría; terminaría como todos los vivos, que solamente permanecen en sus fotografías o en los árboles genealógicos de sus descendientes.

De pronto una noche noté horrorizado como volvía a crecer. De apenas ser una sustancia energética emergió, de nuevo, la imagen y, de ésta, pase a tomar volumen. De nuevo tenía estos brazos pálidos y secos de carne enjuta. Piernas que apenas rozan el suelo pero que se arrastran penosamente por la lengua de arena hacia el borde. Este pecho hundido, este vientre expuesto, esta cara triste, cara de tristeza infinita. Esta cara que se grabó hace noches en los sueños de esa niña; este rostro por el que corrieron gritando aquellos muchachos que estaban rezagados de su grupo; el que provocó aquel corazón galopante del ciclista, el viraje peligroso y casi fatal de la pareja en el coche, la huida despavorida de los montañistas, el miedo. Ese miedo que me alimenta y me da textura.

Puesto a elucubrar, debió ser a causa de algún literato costumbrista al que su afán le llevo a plasmar la historia mal contada por alguna persona, ya anciana, cuya abuela llegó a conocerme en vida en su propia niñez. La prosa, ampulosa y recargada pero eficaz, me devolvió mi forma, me devolvió el cuerpo y la tortura porque despertó el espanto, el terror aprensivo que va sugestionando el ánimo de aquellos incautos a quienes la noche le sorprende en la montaña. El pavor a la oscuridad que sirve de escenario perfecto que la imaginación evoque pesadillas y apariciones.

Continuo con mi rutina. El aire fresco de los últimos días de verano mueve apenas las hojas de los arbustos detrás de mí. Vuelvo al camino y sigo hasta las rocas para retornar hacia el borde de nuevo. Tengo una mala intuición. Hoy los vi casi cuando desperté y ahora veo que se van a cercando más por el sendero desde el pueblo. En la quietud se le oye perfectamente hablar en voz alta. Van hablando, pero no entre sí. Retrasmiten en voz alta lo que van haciendo, mirando a los aparatos que llevan en las manos. Graban, registran, parlotean sin parar. Uno parece que tiene más miedo que el otro porque su voz suena nerviosa y no para de hacer chistes sin gracia. Al otro le oigo retomar mi historia mientras se acercan inexorables. Ambos escrutan la oscuridad, la horadan con linternas y pequeños focos de luz brillante y afilada. Rastrean mi camino.

Hoy, como hacía muchos años, me ha surcado el rostro una lágrima. 

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