Va apagándose el brillo del sol en el horizonte una vez más
y empieza otra jornada. Mi rutina se pone en marcha en el borde del acantilado,
junto a la carretera y la lengua de grava y arena. La barrera metálica, los matorrales
y las copas de los árboles que crecen en el terraplén. De cerca, el verde
empieza a bullir con insectos y roedores nocturnos. A lo lejos, la inmensa
oscuridad de la noche rota por los diminutos puntos de luz de los pueblos y
caseríos del valle. La sombra es mi hogar y en la sombra me muevo, a pesar de
lo absurdo que puede resultar hablar de 'sombra' en un paraje donde apenas
existen fuentes de iluminación. Hoy tengo un fulgor un poco más acentuado que
otros días. Recorro la curva y me obligo, cada vez me cuesta menos, a mirar
abajo, al fondo del terraplén. Después vuelvo ritualmente la mirada a la
cumbre, a la cima del risco de cada día.
El risco, día a día, pierde su significado, su condena y su
sino. Cada vez lo percibo más como una esperanza. El tiempo, aún con los años
de maleza, de matojos que crecen y se secan, estación tras estación, de los
incendios, las heladas, los desprendimientos y los elementos; lluvias, aire,
nieve, hielo, no ha conseguido quitarle al peñasco ni un ápice de su
sobrecogedora imponencia. Los bordes se aprecian desde abajo, afilados y
cortantes, porque están afilados y porque cortan y desgarran lo que caiga sobre
ellos. Y lo que caiga desde ellos, no se vuelve a levantar. Menos yo.
Al principio era el recuerdo de ella, su memoria y el
apasionado arrebato con el que un joven se ciega y hace locuras. Ese era, al
parecer, el motor, la causa de mis rutinas. Lo creía porque así lo sentía. Cada
jornada me sentía desesperado, rabioso y loco buscándola en cada recodo de mi
recorrido. Buscando con vehemencia en el fondo del precipicio y creyendo ver un
retal de su vestido en cada jirón de tela o destello engañoso que me brindaba
la noche. Pero ella se fue perdiendo. Su memoria, también. La pasión, a pesar
de lo que cuenten, escriban o glosen poetastros y filósofos de medio pelo, no
es eterna, ni mucho menos. Pero yo, por lo visto, sí que lo soy. Noche tras
noche recorría el mismo sendero, el mismo paraje donde me destrocé, la misma
condena, la misma penitencia.
Lo siguiente que me vino a la razón, para encontrar una
explicación fue que era el odio, el rencor, el desprecio al hecho de dejar la
vida de forma tan estúpida, lo que estaba provocando mi condición sempiterna,
pero tampoco me pareció una motivación suficiente. El odio tiende también a
desleírse con el tiempo y nunca fui consciente de que energías negativas me
despertaran cada noche y dirigieran mis pasos. Hacia el borde del terraplén,
hacia la carretera vuelta hacia la pequeña covacha detrás del recodo. El eterno
retorno y vivencia del peor momento de mi vida. ¿Pudo ser la expiación? ¿El
remedar un crimen tan abyecto que merezca la pena sin fin? No, lo veo. No
recuerdo haber llevado a cabo un acto tan grave que mereciera esta tortura.
Tiempo tras tiempo, lo que queda de mi conciencia divagaba en fundamentos y
teorías cada vez más descabelladas sin encontrar una explicación. Hasta que los
años y las generaciones me han traído lentamente una revelación. ; lo que me
trae aquí cada noche es el miedo, el terror, la memoria de los vivos.
Me di cuenta cuando noté, hace tiempo que empezaba a
desaparecer, gradualmente. Mi cuerpo se volvía progresivamente más ligero hasta
el punto de llegar a albergar la esperanza de desaparecer. Llegué a ser muy
leve, como un susurro de tela en la oscuridad que se deslizaba hasta el borde
del terraplén. Apenas movía el aire. Veía mi final al alcance. Deseaba que
llegara esa noche en que, por fin, me iría; terminaría como todos los vivos,
que solamente permanecen en sus fotografías o en los árboles genealógicos de
sus descendientes.
De pronto una noche noté horrorizado como volvía a crecer.
De apenas ser una sustancia energética emergió, de nuevo, la imagen y, de ésta,
pase a tomar volumen. De nuevo tenía estos brazos pálidos y secos de carne
enjuta. Piernas que apenas rozan el suelo pero que se arrastran penosamente por
la lengua de arena hacia el borde. Este pecho hundido, este vientre expuesto,
esta cara triste, cara de tristeza infinita. Esta cara que se grabó hace noches
en los sueños de esa niña; este rostro por el que corrieron gritando aquellos
muchachos que estaban rezagados de su grupo; el que provocó aquel corazón
galopante del ciclista, el viraje peligroso y casi fatal de la pareja en el
coche, la huida despavorida de los montañistas, el miedo. Ese miedo que me
alimenta y me da textura.
Puesto a elucubrar, debió ser a causa de algún literato
costumbrista al que su afán le llevo a plasmar la historia mal contada por
alguna persona, ya anciana, cuya abuela llegó a conocerme en vida en su propia
niñez. La prosa, ampulosa y recargada pero eficaz, me devolvió mi forma, me
devolvió el cuerpo y la tortura porque despertó el espanto, el terror aprensivo
que va sugestionando el ánimo de aquellos incautos a quienes la noche le
sorprende en la montaña. El pavor a la oscuridad que sirve de escenario perfecto
que la imaginación evoque pesadillas y apariciones.
Continuo con mi rutina. El aire fresco de los últimos días
de verano mueve apenas las hojas de los arbustos detrás de mí. Vuelvo al camino
y sigo hasta las rocas para retornar hacia el borde de nuevo. Tengo una mala
intuición. Hoy los vi casi cuando desperté y ahora veo que se van a cercando
más por el sendero desde el pueblo. En la quietud se le oye perfectamente
hablar en voz alta. Van hablando, pero no entre sí. Retrasmiten en voz alta lo
que van haciendo, mirando a los aparatos que llevan en las manos. Graban,
registran, parlotean sin parar. Uno parece que tiene más miedo que el otro
porque su voz suena nerviosa y no para de hacer chistes sin gracia. Al otro le
oigo retomar mi historia mientras se acercan inexorables. Ambos escrutan la
oscuridad, la horadan con linternas y pequeños focos de luz brillante y
afilada. Rastrean mi camino.
Hoy, como hacía muchos años, me ha surcado el rostro una
lágrima.
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