Hoy la lluvia lava y ahuyenta a los grajos. Los gatos la aguantan con desconfianza y la calle solo se siente recorrida por los pasos apresurados de los agentes secretos, de los amantes impacientes, de los asesinos invisibles y de los que no les quedan más cojones.
Si miramos a un lado de la ciudad puede ser que lo que está
ocurriendo es que nos llamemos Johnny, el mismo Johnny que abre con cautela una
rendija de la puerta de salida y echa un vistazo al hombre de la esquina de al
lado. Seguro que al menos hay otro en el ángulo muerto, y quizá otro más a su
lado. Le queda apenas un cargador y reza porque, entre el silenciador y el
rugido del aguacero, los chicos no estén alerta. Pueden ser unos segundos
preciosos. La pierna duele como un relámpago en cada paso. Toda ella. Aunque el
tiro fue en el muslo. Hijo de puta, casi lo mata.
Johnny tomó aire. Empujó la puerta y disparó al rostro del
vigilante que tiene a la vista. Con el mismo movimiento se impulsó hacia la
calle y giró la cabeza para comprobar el lado izquierdo. Al tipo de enfrente no
le ha dado tiempo ni a levantar la vista. El tiro le deshace la cara y cae como
un fardo. El otro, el de la derecha, cazado mirando un video en el móvil,
apenas se levanta y echa mano a la pipa. Dos balas en el pecho lo dejan clavado
mientras Johnny cojea hacia el callejón que va a la avenida.
Cada brinco le hacía sentir trallazos en todo el cuerpo,
pero ya le quedaban apenas unos metros. A lo lejos ululaba una sirena, quizá
policía, y la farola parpadeaba bajo el aguacero. Se abalanzó hacia la puerta
del coche. Cerró y, antes de encender el motor, se tomó unos segundos para
asimilar el dolor y hacerse cargo de la situación; comprobar si le seguían, si
había dejado alguno vivo, si había pasado por alto a alguien, si sonaba a jaleo
en el edificio, si habían descubierto alguno de los cuerpos, la entrada, las
cámaras, el silencio, la lluvia, el contrato…, doblado de mala manera en el
bolsillo interno de la chupa. La pistola, caliente, reposaba en el asiento del
acompañante. Johnny miraba de forma ávida por el retrovisor la abertura del
callejón por el que acababa de salir; el cuerpo del chico, amontonado y
evidente, pero nadie pasaba. Quizá había ganado un poco más de tiempo del que
pensaba. Trató de arrancar suavemente aunque el dolor de la pierna hizo que
perdiera precisión con el pedal. Con mucho cuidad y aguantando fatigosamente,
puso el coche en movimiento y condujo. Y la lluvia lo borra y nos borra a
nosotros, que cambiamos de nombre y de sitio.
Por otra parte, en otro lado de la ciudad, pasan otras
cosas. O no pasa nada, pero está. La noche estaba tiñendo de formas sugerentes
el horizonte de edificios grises, la iluminación nocturna, los neones colorean
y le dan una vivacidad, una alegría especial al centro. Los charcos reflejan
cada gota de luz y toda la calle bulle con cientos de chispas, en su mayoría
claras. Brillan los amarillos, pero también verdes y azules junto al luminosos
del bar; rojos, rosados y con tonos esmeralda al lado de a la farmacia; o
dorados, resplandecientes en frente del 24 horas. Un coche de policía
revoluciona momentáneamente con sus azules giratorios la bocacalle hacia el
barrio antiguo. A veces, tras la melancolía de una lluvia suave, que deshace
los planes de la tarde como si fueran de azúcar, se puede descubrir el pequeño
placer de la ventana. Mirar, en la confortable sensación del cobijo, del
interior, con una taza de té en la mano mientras se observa desde lo alto,
desde la atalaya, al exterior.
Hay figuras detrás de muchas ventanas mientras el agua sigue
cayendo. La noche fluye como fluye el regato que atraviesa la calle al pie de
la acera, hacia la alcantarilla; como fluye el tiempo mientras caen mansamente
los segundos sobre el asfalto brillante; como fluye también la sonrisa al
recordar tardes pasadas, vidas perdidas, decisiones de papel en la calle
desierta.
Con esta escena nos seguimos poniendo nombres. Ahora, de pie
junto a la ventana, recortada en la sombra y con una taza humeante en la mano
mientras miramos al infinito, somos Adela y tenemos 56 años, hemos dejado de
mirar la serie de la televisión y echamos de menos al marido, como alguien,
como un ente, como un bulto oscuro y desdibujado con el que convivimos, que, de
forma descuidada, se prepara un bocado en la cocina. Soñamos con ese hombre y
con otros hombres como si fueran hombros donde llover las ansias en un momento
dado.
También, de la misma forma y en otra ventana, nos llamamos
Juan y tenemos 25. Esperamos a ese tío que se hace llamar blue-5 en Grinder con
quien quizá debimos ser un poco menos sinceros, por si acaso, sujetando nuestro
mug nerviosos, vestidos para desnudarnos de forma fácil, perfumados y suaves, recortando
coquetos nuestra silueta en el marco de la ventana. Mirando también el reloj,
de reojo, pendientes del telefonillo, repasando mentalmente el salón recién
recogido, las cervezas en el frigo, el baño recién fregado, la cama recién
hecha…
En otro edificio también nos llamamos Gema y tenemos 17, nos
estamos tomando un tiempo en el té rooibos pensando en qué le respondemos a ese
WhatsApp. En el salón, al lado, los papis con el canijo viendo no-se-qué en la
tele. La habitación en penumbra, sólo con la lamparilla. Quizá si le mandamos
una captura a Tere nos ayude, no vaya a ser que ese tío nos tome por gilipollas.
Aún así quedamos en llamarla después para contárselo todo, por supuesto. Es un
vacilón, fijo. Solo hay que ver la foto del perfil. Lo mismo no es ni él y es
un pringado que se la machaca. O lo mismo no…
Mas tarde nos llamamos Aurelio, con nuestros 85 ya cumplidos
y sin poder movernos hasta que vengan a traer la cena, mirando…. ¿Qué? sonriendo
porque acaba de irse con un beso… ¿Quién? Tomando otro sorbo del té y mirando
esa ventana… tomando ¿Qué? y sin poder movernos hasta que vengan a traer la
cena, y sonriendo… ¿qué? y agotados por todo lo que ya no haremos, hasta que
vengan a traer…¿Qué?
Nos vamos poniendo nombres, caras, vidas y circunstancias. Y
todos ellos , deslumbrados unos minutos de sus vidas, mirando, con su infusión,
por una ventana en una noche lluviosa en la ciudad. Una ciudad que duerme
arrullada por el rumor sordo del agua sobre su piel. Jugamos al guiño, a
desenfocar la vista y convertir todos los brillos y todos los colores en puntos
borrosos, en círculos granulados brillantes. Convertimos la calle en un
festival de cuentas de cristal, de piedras preciosas, de bisutería luminosa. Un
tesoro para nuestros ojos que dura unos segundos, mágicos de alegría en la
lluvia.
En otra de las casas las gotas de agua son besos. Besos
sonoros y revoltosos, besos de amor a mordisquitos y de trampa de patosos. Esta
noche en la habitación de Elsa, toca besar todo lo que se pueda. El tiempo se
vuelve beso y la lluvia es beso, porque los besos se posan sobre la piel, como
una ducha. Sobre las pieles, sobre los labios, sobre los ojos, sobre todo lo
que hace contacto.
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