domingo, 19 de noviembre de 2023

Honestidad

 

Marcelo encontró una cartera en el suelo. Paseaba por la estación y sin querer, junto a la máquina de sándwiches, pateó la cartera de cuero. La recogió y la abrió comprobando que, en su interior había

A

15 € y alguna documentación personal del propietario. Guiado por la fotografía del DNI no tardó en reconocer a la persona unos pasos más allá, saliendo de los baños. Marcelo le llamó la atención y le devolvió la cartera. El hombre, Carlos, le agradeció el gesto, azorado por el despiste.

B

2.000 € en billetes, varias monedas y alguna documentación personal del propietario. Guiado por la fotografía del DNI no tardó en reconocer a la persona unos pasos más allá, saliendo de los baños.

B1

Marcelo le llamó la atención y le devolvió la cartera. El hombre, Carlos, inmensamente agradecido y avergonzado, insistió en que se quedara con la calderilla, unos 3, 70 € como recompensa por el detalle, lamentado no tener más suelto. Marcelo compró un sándwich en la máquina y un refresco. Le sobró alguna moneda. Ese día, comió.

B2

Marcelo disimuló y se dirigió a una zona más discreta de la estación, lejos de la vista del hombre, Carlos, y se metió los billetes en el bolsillo. Después, de forma sutil volvió a la zona de la máquina de sándwiches y dejó caer la cartera en algún lugar próximo a la entrada de los baños donde, previsiblemente, podría ser hallada por quien la buscara.

Salió de la estación simulando tranquilidad y se perdió por las callejas aledañas. Con el dinero, comió, cenó, pagó una deuda de juego que le inquietaba, compró ropa interior y calcetines, un billete de lotería* un paraguas y le dejó a su familia 600 euros para la factura de luz, farmacia y otros gastos. Lo que le sobró lo metió en un sobrecito de papel coloreado con dibujos de niños africanos y asiáticos, un lema y el logotipo del DOMUND y lo echo en el buzón de la parroquia cercana a su casa.

*- El boleto salió premiado con 15.000 €, un premio menor, que le permitió invertir en su futuro:

v  1 - Un pequeño bar en el centro que le permitió vivir, trabajando duramente al menos 25 años hasta que se jubiló.

v  2 – Acciones de una empresa emergente de servicios que prosperó y le convirtió en un hombre adinerado. Siguió invirtiendo sus beneficios en bolsa y, tras una vida desahogada, terminó creando una fundación benéfica de ayuda contra el cáncer de colon. También invirtió en fondos buitre, y en tráfico armas, y en negocios de prostitución.  Años más tarde extraviaría una cartera con 2.000 € en una estación. Alguien, ¿Carlos?, se la devolvería intacta y Marcelo le invitaría a un café.

*- El boleto no salió premiado, pero usó su reverso para apuntar un número de teléfono de un chico, Pablo, que conoció esa noche. Días más tarde le llamó desde una cabina con calderilla que le quedaba. Quedaron, se enamoraron, fue el hombre de su vida. Años más tarde, ya casados, durante una mudanza perderían una pequeña cajita de recuerdos de Marcelo donde estaba el billete, ajado por el tiempo con el número de teléfono escrito.

C

200 € en billetes, varias monedas y alguna documentación personal del propietario. Marcelo sintió un pinchazo en el estomago y rededor con culpabilidad, salió de la estación, nerviosos y volviendo la vista, observando las caras de las personas que se cruzaba sintiendo que cada mirada era capaz de leer la vergüenza del ladrón en sus ojos. Con paso apresurado y tratando, sin éxito, de aparentar naturalidad, huyó de forma desgarbada por callejuelas aledañas. Sentí a como un trozo de hielo, como un peso de plomo, como un cuchillo al fuego, la cartera en el bolsillo de su cazadora. Tras las tercera o cuarta bocacalle y protegido por una entrada a garajes, Marcelo sacó la cartera, guardó el dinero y rebuscó en el resto de contenido, por si había algo útil. Un total de 214,63 € y un bono bus[1]. Lo que no le importaba, tarjetas de crédito que no se atrevía a usar, carnés y documentación, así como la propia cartera[2], lo tiró a una papelera.

Corrió sin rumbo y callejeando guiado por el remordimiento. A cada paso, en cada persona que se cruzaba, veía la expresión acusadora de la fotografía del DNI del que se acababa de deshacer. Miraba a un lado y a otro buscando un sitio digno donde gastar el dinero de hielo, de plomo y de fuego que tenía en el bolsillo. Nada cuadraba con la culpa, con la terrible sensación de pecado contra la sociedad y contra su alma, con la sensación física de desasosiego. En su retorcida lógica, ese dinero no podría utilizarse para algo banal, no merecería la pena el mal rato; tampoco para algo tóxico o inmoral, sería acumular pecado sobre pecado. Sin darse cuenta sus pasos le llevaron hacia su barrio y cuando levantó la vista vio la extraña portada de la parroquia de San Ignacio, la suya de toda la vida. Aún con el nudo en el pecho, se acercó a la entrada, al pequeño atrio y se fijó en el cartel de la campaña para el DOMUND, con dibujos de niños asiáticos y africanos, un lema vistoso y un logotipo; los mismos que estaban impresos en los sobrecitos del montón de al lado. Apenas había gente en la iglesia. Marcelo cogió uno de los sobres y en un rincón puso todo el dinero robado al que añadió, sin darse cuenta, 70 céntimos suyos. Un total de 215,33 € en el sobre de papel, humedecido y ajado por el sudor de sus manos. La culpa lo siguió aguijoneando cuando se acercó al buzón y dejó resbalar el sobre cargado en su interior. Se dio la vuelta y corrió hasta el primer callejón, curiosamente cercano a su casa, donde se dejó caer apoyado en la pared hasta quedar sentado. Marcelo lloró.

El padre Jose Luis se santiguó en el reclinatorio de la sacristía. Acababa de rezar fervorosamente porque le faltaban 200 euros y pico para pagar el arreglo del remozado del techo, encima del altar viejo y que vendrían a cobrar Satur al día siguiente. No sabía a quien pedir y ya era la tercera vez que lo prorrogaba. Amigo ferviente del “Dios proveerá” trataba de pergeñar la excusa con la que trataría de ganar un par de días a ver si la colecta del fin de semana alcanzaba. Difícil.  Tras la oración inició su rutina de la tarde en el templo, alineando bancos, recogiendo folletos pisados con la letra de las canciones del culto y flyers del DOMUND y haciendo una revisión de cepillos y huchas antes de pasar su rato en el confesionario. La señora Eugenia estaba al caer.

Tres sobres había en la hucha del DOMUND, y uno parecía ‘cargado’. Encima del altar en penumbra, apenas iluminado por las velas y la iluminación del sagrario, vació los sobres y en un movimiento espontáneo de agradecimiento infinito, dirigió su mirada a la estatua del crucificado, aun con la idea de que, teóricamente, el dinero era para Marisa, que vendría del obispado la semana que viene. “Dios ha provisto”. ¿quién sabe lo que ha dejado la gente? Completó el montante en la sacristía y guardó un resto de 23 € (junto a las miserias de los otros dos sobres) en la cajita de metal del cajón de arriba.

-          - Padre, ¿está usted ahí?

La La señora Eugenia asoma la nariz por la rendija de la sacristía. El Padre Jose Luis, con un suspiro,  se coloca la estola, coge el misal y se dirige al confesionario.

-          Ya voy, señora Eugenia, Vino temprano hoy ¿no?

 

Al día siguiente pagó la reforma completa al albañil. Dinero negro. Un recibo y aquí paz y después gloria.

Satur, el albañil, de la parroquia de toda la vida, se lo gastó en copas y una puta esa misma noche.



[1]  Antiguo, caducado y con la dirección de Marisa apuntada que nunca pudo recibir la carta de Carlos. Cuando se volvieron a ver, su momento había pasado.

[2] De cuero, cara. La hija de Carlos se la había regalado por su 48 cumpleaños cuando terminó de hacerse añicos la anterior, de tela y con el logo de Spiderman.

Reaparecido

 

Va apagándose el brillo del sol en el horizonte una vez más y empieza otra jornada. Mi rutina se pone en marcha en el borde del acantilado, junto a la carretera y la lengua de grava y arena. La barrera metálica, los matorrales y las copas de los árboles que crecen en el terraplén. De cerca, el verde empieza a bullir con insectos y roedores nocturnos. A lo lejos, la inmensa oscuridad de la noche rota por los diminutos puntos de luz de los pueblos y caseríos del valle. La sombra es mi hogar y en la sombra me muevo, a pesar de lo absurdo que puede resultar hablar de 'sombra' en un paraje donde apenas existen fuentes de iluminación. Hoy tengo un fulgor un poco más acentuado que otros días. Recorro la curva y me obligo, cada vez me cuesta menos, a mirar abajo, al fondo del terraplén. Después vuelvo ritualmente la mirada a la cumbre, a la cima del risco de cada día.

El risco, día a día, pierde su significado, su condena y su sino. Cada vez lo percibo más como una esperanza. El tiempo, aún con los años de maleza, de matojos que crecen y se secan, estación tras estación, de los incendios, las heladas, los desprendimientos y los elementos; lluvias, aire, nieve, hielo, no ha conseguido quitarle al peñasco ni un ápice de su sobrecogedora imponencia. Los bordes se aprecian desde abajo, afilados y cortantes, porque están afilados y porque cortan y desgarran lo que caiga sobre ellos. Y lo que caiga desde ellos, no se vuelve a levantar. Menos yo.

Al principio era el recuerdo de ella, su memoria y el apasionado arrebato con el que un joven se ciega y hace locuras. Ese era, al parecer, el motor, la causa de mis rutinas. Lo creía porque así lo sentía. Cada jornada me sentía desesperado, rabioso y loco buscándola en cada recodo de mi recorrido. Buscando con vehemencia en el fondo del precipicio y creyendo ver un retal de su vestido en cada jirón de tela o destello engañoso que me brindaba la noche. Pero ella se fue perdiendo. Su memoria, también. La pasión, a pesar de lo que cuenten, escriban o glosen poetastros y filósofos de medio pelo, no es eterna, ni mucho menos. Pero yo, por lo visto, sí que lo soy. Noche tras noche recorría el mismo sendero, el mismo paraje donde me destrocé, la misma condena, la misma penitencia.

Lo siguiente que me vino a la razón, para encontrar una explicación fue que era el odio, el rencor, el desprecio al hecho de dejar la vida de forma tan estúpida, lo que estaba provocando mi condición sempiterna, pero tampoco me pareció una motivación suficiente. El odio tiende también a desleírse con el tiempo y nunca fui consciente de que energías negativas me despertaran cada noche y dirigieran mis pasos. Hacia el borde del terraplén, hacia la carretera vuelta hacia la pequeña covacha detrás del recodo. El eterno retorno y vivencia del peor momento de mi vida. ¿Pudo ser la expiación? ¿El remedar un crimen tan abyecto que merezca la pena sin fin? No, lo veo. No recuerdo haber llevado a cabo un acto tan grave que mereciera esta tortura. Tiempo tras tiempo, lo que queda de mi conciencia divagaba en fundamentos y teorías cada vez más descabelladas sin encontrar una explicación. Hasta que los años y las generaciones me han traído lentamente una revelación. ; lo que me trae aquí cada noche es el miedo, el terror, la memoria de los vivos.

Me di cuenta cuando noté, hace tiempo que empezaba a desaparecer, gradualmente. Mi cuerpo se volvía progresivamente más ligero hasta el punto de llegar a albergar la esperanza de desaparecer. Llegué a ser muy leve, como un susurro de tela en la oscuridad que se deslizaba hasta el borde del terraplén. Apenas movía el aire. Veía mi final al alcance. Deseaba que llegara esa noche en que, por fin, me iría; terminaría como todos los vivos, que solamente permanecen en sus fotografías o en los árboles genealógicos de sus descendientes.

De pronto una noche noté horrorizado como volvía a crecer. De apenas ser una sustancia energética emergió, de nuevo, la imagen y, de ésta, pase a tomar volumen. De nuevo tenía estos brazos pálidos y secos de carne enjuta. Piernas que apenas rozan el suelo pero que se arrastran penosamente por la lengua de arena hacia el borde. Este pecho hundido, este vientre expuesto, esta cara triste, cara de tristeza infinita. Esta cara que se grabó hace noches en los sueños de esa niña; este rostro por el que corrieron gritando aquellos muchachos que estaban rezagados de su grupo; el que provocó aquel corazón galopante del ciclista, el viraje peligroso y casi fatal de la pareja en el coche, la huida despavorida de los montañistas, el miedo. Ese miedo que me alimenta y me da textura.

Puesto a elucubrar, debió ser a causa de algún literato costumbrista al que su afán le llevo a plasmar la historia mal contada por alguna persona, ya anciana, cuya abuela llegó a conocerme en vida en su propia niñez. La prosa, ampulosa y recargada pero eficaz, me devolvió mi forma, me devolvió el cuerpo y la tortura porque despertó el espanto, el terror aprensivo que va sugestionando el ánimo de aquellos incautos a quienes la noche le sorprende en la montaña. El pavor a la oscuridad que sirve de escenario perfecto que la imaginación evoque pesadillas y apariciones.

Continuo con mi rutina. El aire fresco de los últimos días de verano mueve apenas las hojas de los arbustos detrás de mí. Vuelvo al camino y sigo hasta las rocas para retornar hacia el borde de nuevo. Tengo una mala intuición. Hoy los vi casi cuando desperté y ahora veo que se van a cercando más por el sendero desde el pueblo. En la quietud se le oye perfectamente hablar en voz alta. Van hablando, pero no entre sí. Retrasmiten en voz alta lo que van haciendo, mirando a los aparatos que llevan en las manos. Graban, registran, parlotean sin parar. Uno parece que tiene más miedo que el otro porque su voz suena nerviosa y no para de hacer chistes sin gracia. Al otro le oigo retomar mi historia mientras se acercan inexorables. Ambos escrutan la oscuridad, la horadan con linternas y pequeños focos de luz brillante y afilada. Rastrean mi camino.

Hoy, como hacía muchos años, me ha surcado el rostro una lágrima. 

Vuelta

 Hoy la lluvia lava y ahuyenta a los grajos. Los gatos la aguantan con desconfianza y la calle solo se siente recorrida por los pasos apresurados de los agentes secretos, de los amantes impacientes, de los asesinos invisibles y de los que no les quedan más cojones.

Si miramos a un lado de la ciudad puede ser que lo que está ocurriendo es que nos llamemos Johnny, el mismo Johnny que abre con cautela una rendija de la puerta de salida y echa un vistazo al hombre de la esquina de al lado. Seguro que al menos hay otro en el ángulo muerto, y quizá otro más a su lado. Le queda apenas un cargador y reza porque, entre el silenciador y el rugido del aguacero, los chicos no estén alerta. Pueden ser unos segundos preciosos. La pierna duele como un relámpago en cada paso. Toda ella. Aunque el tiro fue en el muslo. Hijo de puta, casi lo mata.

Johnny tomó aire. Empujó la puerta y disparó al rostro del vigilante que tiene a la vista. Con el mismo movimiento se impulsó hacia la calle y giró la cabeza para comprobar el lado izquierdo. Al tipo de enfrente no le ha dado tiempo ni a levantar la vista. El tiro le deshace la cara y cae como un fardo. El otro, el de la derecha, cazado mirando un video en el móvil, apenas se levanta y echa mano a la pipa. Dos balas en el pecho lo dejan clavado mientras Johnny cojea hacia el callejón que va a la avenida.

Cada brinco le hacía sentir trallazos en todo el cuerpo, pero ya le quedaban apenas unos metros. A lo lejos ululaba una sirena, quizá policía, y la farola parpadeaba bajo el aguacero. Se abalanzó hacia la puerta del coche. Cerró y, antes de encender el motor, se tomó unos segundos para asimilar el dolor y hacerse cargo de la situación; comprobar si le seguían, si había dejado alguno vivo, si había pasado por alto a alguien, si sonaba a jaleo en el edificio, si habían descubierto alguno de los cuerpos, la entrada, las cámaras, el silencio, la lluvia, el contrato…, doblado de mala manera en el bolsillo interno de la chupa. La pistola, caliente, reposaba en el asiento del acompañante. Johnny miraba de forma ávida por el retrovisor la abertura del callejón por el que acababa de salir; el cuerpo del chico, amontonado y evidente, pero nadie pasaba. Quizá había ganado un poco más de tiempo del que pensaba. Trató de arrancar suavemente aunque el dolor de la pierna hizo que perdiera precisión con el pedal. Con mucho cuidad y aguantando fatigosamente, puso el coche en movimiento y condujo. Y la lluvia lo borra y nos borra a nosotros, que cambiamos de nombre y de sitio.

Por otra parte, en otro lado de la ciudad, pasan otras cosas. O no pasa nada, pero está. La noche estaba tiñendo de formas sugerentes el horizonte de edificios grises, la iluminación nocturna, los neones colorean y le dan una vivacidad, una alegría especial al centro. Los charcos reflejan cada gota de luz y toda la calle bulle con cientos de chispas, en su mayoría claras. Brillan los amarillos, pero también verdes y azules junto al luminosos del bar; rojos, rosados y con tonos esmeralda al lado de a la farmacia; o dorados, resplandecientes en frente del 24 horas. Un coche de policía revoluciona momentáneamente con sus azules giratorios la bocacalle hacia el barrio antiguo. A veces, tras la melancolía de una lluvia suave, que deshace los planes de la tarde como si fueran de azúcar, se puede descubrir el pequeño placer de la ventana. Mirar, en la confortable sensación del cobijo, del interior, con una taza de té en la mano mientras se observa desde lo alto, desde la atalaya, al exterior.

Hay figuras detrás de muchas ventanas mientras el agua sigue cayendo. La noche fluye como fluye el regato que atraviesa la calle al pie de la acera, hacia la alcantarilla; como fluye el tiempo mientras caen mansamente los segundos sobre el asfalto brillante; como fluye también la sonrisa al recordar tardes pasadas, vidas perdidas, decisiones de papel en la calle desierta.

Con esta escena nos seguimos poniendo nombres. Ahora, de pie junto a la ventana, recortada en la sombra y con una taza humeante en la mano mientras miramos al infinito, somos Adela y tenemos 56 años, hemos dejado de mirar la serie de la televisión y echamos de menos al marido, como alguien, como un ente, como un bulto oscuro y desdibujado con el que convivimos, que, de forma descuidada, se prepara un bocado en la cocina. Soñamos con ese hombre y con otros hombres como si fueran hombros donde llover las ansias en un momento dado.

También, de la misma forma y en otra ventana, nos llamamos Juan y tenemos 25. Esperamos a ese tío que se hace llamar blue-5 en Grinder con quien quizá debimos ser un poco menos sinceros, por si acaso, sujetando nuestro mug nerviosos, vestidos para desnudarnos de forma fácil, perfumados y suaves, recortando coquetos nuestra silueta en el marco de la ventana. Mirando también el reloj, de reojo, pendientes del telefonillo, repasando mentalmente el salón recién recogido, las cervezas en el frigo, el baño recién fregado, la cama recién hecha…

En otro edificio también nos llamamos Gema y tenemos 17, nos estamos tomando un tiempo en el té rooibos pensando en qué le respondemos a ese WhatsApp. En el salón, al lado, los papis con el canijo viendo no-se-qué en la tele. La habitación en penumbra, sólo con la lamparilla. Quizá si le mandamos una captura a Tere nos ayude, no vaya a ser que ese tío nos tome por gilipollas. Aún así quedamos en llamarla después para contárselo todo, por supuesto. Es un vacilón, fijo. Solo hay que ver la foto del perfil. Lo mismo no es ni él y es un pringado que se la machaca. O lo mismo no…

Mas tarde nos llamamos Aurelio, con nuestros 85 ya cumplidos y sin poder movernos hasta que vengan a traer la cena, mirando…. ¿Qué? sonriendo porque acaba de irse con un beso… ¿Quién? Tomando otro sorbo del té y mirando esa ventana… tomando ¿Qué? y sin poder movernos hasta que vengan a traer la cena, y sonriendo… ¿qué? y agotados por todo lo que ya no haremos, hasta que vengan a traer…¿Qué?

Nos vamos poniendo nombres, caras, vidas y circunstancias. Y todos ellos , deslumbrados unos minutos de sus vidas, mirando, con su infusión, por una ventana en una noche lluviosa en la ciudad. Una ciudad que duerme arrullada por el rumor sordo del agua sobre su piel. Jugamos al guiño, a desenfocar la vista y convertir todos los brillos y todos los colores en puntos borrosos, en círculos granulados brillantes. Convertimos la calle en un festival de cuentas de cristal, de piedras preciosas, de bisutería luminosa. Un tesoro para nuestros ojos que dura unos segundos, mágicos de alegría en la lluvia.

En otra de las casas las gotas de agua son besos. Besos sonoros y revoltosos, besos de amor a mordisquitos y de trampa de patosos. Esta noche en la habitación de Elsa, toca besar todo lo que se pueda. El tiempo se vuelve beso y la lluvia es beso, porque los besos se posan sobre la piel, como una ducha. Sobre las pieles, sobre los labios, sobre los ojos, sobre todo lo que hace contacto.

 

Nos hacen

 

Nos hacen mayores.

Si en todos los niños hay niños

Que empujan y sacan, patean y gritan

Los antiguos niños se celan

Y tientan con sueños mayores

Y exigen derechos mayores

Y anhelan placeres mayores

Y dejamos atrás el osito.

 

Nos hacen más sabios

Si en todos los niños hay lagos

Y huecos y grutas, vacíos y espacios

Los señores de barba los llenan

Y vuelcan millones de datos,

Y usan millones de cosas

Y enseñan millones de ideas

Y dejamos atrás el triciclo.

 

Nos hacen más fuertes

Si en todos los niños hay pupas

Y agobios, caprichos, heridas y miedos

Los duros del barrio nos curten

E hinchan la carne en los brazos

Y engordan rencor en los puños

Y ensanchan y mullen la espalda

Y dejamos atrás las tiritas.